jueves, 6 de mayo de 2010

Capítulo IX: Antes del amanecer

Sol, te extraño. ¿Justo ahora tenías que viajar? ¡La puta madre! Se que me estaba acercando y que, en un par de semanas más, algo hubiera pasado. Pero tres semanas lejos destruyen todo. Si estaba medio mal con su pareja es el mejor momento para reconstruirse. Lejos de todo, los viajes siempre unen. El cambio de aire, de hábitos, todas cosas copadas, imposible llevarte mal, aunque quieras… gran ficción. Si hay algo que te salva de las peores crisis es recordar los mejores momentos juntos. Y esos, en general, ocurren en los viajes…

No me la puedo sacar de la cabeza. Es muy inteligente, me lee como nadie. ¿Por qué siempre con minas en pareja? Hay tantas minas buscando un compañero y yo siempre caigo en el lugar del que seguro salgo lastimado. ¿Serán excusas para seguir solo? ¿Cuánto tiempo más vas a seguir acostado en esta cama, mirando siempre por la misma ventana desde hace 7 años, durmiéndote con el otro lado vacío, creyendo que estás esperando a alguien que nunca aparece? ¿De dónde carajo seguís sacando expectativas de encontrar a una persona que te retenga después de haber conocido tantas minas? No aflojás hijo de puta. No tenés idea de lo que querés. Esa es la verdad, y cuanto más tiempo pasa, más te acostumbras.

Tus amores son sólo sueños. No son reales. Las pocas veces que se volvieron reales, te diste cuenta que, al final, eran más especiales antes de conocerlas. Y tengo que dejar de comparar todo con ella. Ella fue cuando eras un pendejo. No puedo seguir comparando. Quiero destruir esta fortaleza a ver si dejo penetrarme por alguien cercano, especial y, principalmente, posible.

Aunque con la pendeja estaba hasta las manos. Hacía tiempo que no estaba así. ¡Qué gaste me comí! ¡Y cómo lo disfrute! Lástima que duró tan poco. Estaba de novia, como todas. ¿Qué riesgo corría en decirle a alguien “te amo” si en definitiva todo estaba por terminar? No hay compromiso en amar a quien no te ama. Es mucho más fácil. Vivir siempre en una leve frustración tiene mucho menos riesgo que jugársela con alguien, emprender algo juntos y, tiempo después, darse cuenta que la cosa no funciona y tener que padecer un zarpado duelo. Y aunque hubiera dejado al novio, era una pendeja. ¿Cuál era la peor presión que podrías correr? ¿Presentarte a sus padres? ¿Hacer algún que otro programa juntos? Comparado con la convivencia, el matrimonio y los hijos, sentarme a comer con sus viejos o conocer a sus amigos era como ir a Disney. No arriesgás nada, ¡Sos un cagón! Capaz tiene razón y sólo me estoy protegiendo. Tengo que tener todo controlado siempre.

¿Pero de qué? ¿Justo ahora se tenía que ir de viaje esta forra? No quiero que le vaya mal, pero una vez más quiero ver de qué se trata esta curiosidad. ¿Tendrá algo distinto, o es otra conquista con alguien que me la complicó un poco más? Ya no se…

Lo que sí se, es que no me puedo dormir. Ya cambié de posición diez veces, me cansé. Fue, mejor enciendo la compu…

martes, 20 de abril de 2010

Capítulo VIII: Las leyes de la reflexión

- Hola Tere.
- Sol, ¡qué cara!
- Sí, no estoy en mi mejor día.
- Raro en vos, me extraña. ¿A qué se debe?
- Tomar la decisión me está matando.

- ¿Pero estás decidida ya?
- No. Aunque no encuentro otra salida. Además, lo estoy empezando a ver con más frecuencia, otra vez.
- ¿Te pasa a visitar por el consultorio?
- Sí. Me está haciendo el mismo juego que al principio, y yo estoy cayendo de nuevo.
- ¿Volvió a pasar algo?
- No. Ni va a pasar. No voy a cometer dos veces el mismo error. Si decido hacer algo, será después de resolver las cosas.
- ¿Qué está pasando esta vez? Lo charlamos como un tema terminado.
- Se que no va, pero me doy cuenta en mis actitudes que aún me puede. Por ejemplo, el otro día volví al consultorio a escribir la tesis del postgrado que te comenté, que sabes que tengo colgada hace meses, y bastó con un toque de timbre, para que cuelgue todo y me vaya a comer algo con él. Sabés como soy con mis cosas, yo se como soy con mis cosas, y aunque me haga la boluda, me trate de convencer de que es manejable, me diga que ya lo pude ubicar en otro plano, la verdad es que me encuentro haciendo lo mismo que hacía antes, hasta que….
- Sol, seguís cometiendo el mismo error. No querés que sea él, preferís a uno sobre el otro de manera racional, no emocional, y ese es un error. Debe haber congruencia, y si no la hay, que suele pasar, tenés que ser consciente para aceptar lo que perdés en virtud de lo que ganás. El problema es que vos querés convencerte en lugar de resignar. La verdad te duele, te pesa y querés ajustarla. Preferís acomodar la verdad a tu vida, en lugar de acomodarte vos a la verdad.
- Lo se. Y también se que no hay futuro juntos. Es sólo un enganche. Ya lo hablamos. Es todo lo que mi marido no es. Voy a terminar chocándome contra el otro extremo de la pared. Pero mientras existe, Daniel queda en segundo plano. El se da cuenta, pero no sabe como remontarla. Me está agotando con esos manotazos de ahogado. Le contesto mal o le pongo caras que no se merece, delante de los chicos, probablemente producto de que estoy en el lugar equivocado y capaz hasta con la persona equivocada. Por eso no doy más, porque lo veo inminente y me tortura lo que estoy por causar.
- Me parece que acá hay dos cosas: por un lado el peso que tiene la decisión que estés por tomar, sobre todo por la cantidad de años que llevan juntos, y por el otro, la visión trágica que tenés sobre el otro. Estás por tomar una decisión que, en apariencia, no tiene un buen horizonte delante y, sin embargo, la tomás igual. Eso significa que, de alguna manera, sabés que es lo mejor. O al menos lo intuís. Que no sea el segundo, no significa que sea el primero. Creo que eso es lo que estás empezando a aceptar, y es muy bueno.
- Te juro que no doy más…
- Tranquila, estas cosas no son fáciles. Pensá cómo estabas antes y cómo estás ahora.
- Ya se, pero no tengo la misma fuerza que antes. Además, explicame: ¿cómo hago para decirle esto a Mati y a Caro? Me rompe el alma lastimarlos. De todos modos, aún no estoy segura. Por momentos ni yo me creo que pueda llegar a toma una decisión así. ¿Será porque ya me acobardé una vez?
- Seguramente. Pero me parece que antes menospreciabas más algunas decisiones o algunos sentimientos. O mejor dicho, tu omnipotencia no encontraba sus límites. Hoy las decisiones están pasando por un plano mucho más terrenal, o real.
- Ponele.
- “Ponele, ponele”… Siempre con esa respuesta. No cambiás más. Te veo más aliviada ahora... ¿Te sentís mejor?
- Sí. Gracias. ¿Te cuento una? Además de todo este mambo, ¿te dije que tengo un paciente en el que, a veces, pienso?
- ¡¿Cómo es eso?!
- Un pendejo arrogante que viene en plan de conquista…
- ¿Abiertamente?
- Sí, no tiene problema alguno. Es más, en la última sesión, me pidió que lo derive para invitarme a salir.
- ¿Cómo? Nunca mencionaste nada…
- Seee, es divertido. Es que no es nada relevante en realidad.
- Sí, veo… ¿Y por qué no aceptás?
- Tere, ¿más líos querés que me agregue? Además, es mi paciente, no lo estaría ayudando si hiciera eso… No se, tengo miedo de salirme de mi función. Me divierte, me hace reír pero en eso me corre de mi rol.
- ¿Cuál es su demanda de análisis? ¿Qué creés que está buscando?
- A ver, voy por orden, primero me vio en una fiesta, averiguó mis datos y se vino a hacer atender conmigo para levantarme. ¿Podés creer?
- ¿Y por qué me dijiste que te deja pensando?
- Creo que es un provocador… Se muestra armado y omnipotente. Tiene una respuesta para todo, siempre, y se me hace difícil acceder a su inconsciente, encontrar una fisura en su defensa. Mis intervenciones apuntan a vulnerarlo pero está muy resistente y su objetivo no se ha movido. Cuando vino por primera vez, supe que no estaba dispuesto a involucrarse en un análisis. Al poco tiempo lo acorralé y le dije que el tratamiento no avanzaría si él no cedía en su postura. Dejó de venir por unos meses y luego retomó, advirtiéndome que su objetivo inicial había sido levantarme pero que ahora estaba listo para comenzar una terapia. Mi error fue considerar que su verdad no tenía máscara. ¡A veces creo que me falta tanto por aprender en esta profesión, Tere! Y acá estoy ahora, con un paciente que me invita a salir y de quién me descubro hablando y pensando. Creo que mi propia omnipotencia…
- ¿Cómo?
-Ilusión de omnipotencia, claro, no pongas esa cara, ya se, siempre es una ilusión… ese es mi gran punto ciego, Tere. Su defensa es creerse seguro y absoluto en cuanta decisión tome u objetivo emprenda. Y mi error es considerar que puedo manejar la situación y salir airosa sin quedar involucrada en el intento. Los dos estamos obnubilados y me cuesta idear estrategias de intervención… ¿Cómo trabajo con mi paciente aquello de lo cual yo también padezco? Tengo miedo de ser negligente, pero también pienso que yo estoy todos los días sentada en ese sillón, en mi consultorio, promoviéndoles a mis pacientes que se hagan cargo de sus deseos, que se separen de la alienación mortificante que los une –¡los encadena!- al otro, que descubran que el vínculo con los otros puede establecerse de otro modo, más singular, más propio y menos esclavizante… ¿Y qué hago yo con todo eso? ¿Qué pasa con mis propias cadenas?
- Seguro que esta conclusión tiene mucho tiempo entre nosotras, pero es raro que este haya sido el desencadenante…
- No te rías, te lo voy a derivar. Mirá que la última vez me pidió que lo derive así me invita a salir y no entramos en conflicto.
- Yo no tengo problema. La que parece que no quiere sos vos.
- …
- … ya que te quedarías sin excusas para salir, al menos, una vez. ¿No? Después me contás.

lunes, 12 de abril de 2010

Capítulo VII: Adictas a la responsabilidad

- Quiero invitarte a salir.
- Ale, sabés que es imposible.
- ¿Y si termináramos la relación paciente-analista y me derivaras, aceptarías al menos una cena conmigo?
- No.
- Y en ese caso, ¿cuál sería el problema?
- ¿Para qué querés salir conmigo?
- Porque cada vez me siento más y más atraído hacia vos. Al principio fue solo un enganche más, del tipo superficial, pero te fui conociendo en el transcurso de las sesiones y me están dando ganas de compartir algo más que sólo esto.
- Te voy a aclarar algo: no me conocés, sólo conocés un rol definido y móvil que se te presenta en terapia. ¿Qué quiero decir con esto? Que lo que sentís no es por mí sino por tu analista. Cualquier mujer en mi situación, haciendo un buen trabajo, le provocaría algún tipo de sensación afectivo-atractiva a un “incomprendido” como vos. Por lo poco que aún conozco de vos, con sólo sentirte entendido por alguien, bastará para que ese alguien llame tu atención.
- Entonces lo que me estás diciendo es que todos los pacientes se suelen enganchar con vos.
- No te entiendo.
- Lo voy a preguntar de otra manera, ¿todos los pacientes generan una relación del tipo afectiva con su analista?
- Esa relación de tipo afectiva, como la llamás, se denomina “transferencia” y no siempre es de carácter tierno o amoroso, a veces también puede ser negativa, y ambas, si son vigorosas y el analista no lo advierte a tiempo, pueden volverse resistencias a la cura del paciente.
- Como en este caso, ¿verdad?
- Si tirás por la borda la terapia para salir conmigo, nos estaríamos equivocando los dos. Vos por intuir que te puede pasar algo conmigo y yo por no hacerte entender que mi carácter de estar asistiendo o ayudándote, genera un vínculo emocional.
- Pero entonces, según tu teoría un paciente siempre sentirá “algo” por su analista. O sea, si son hombre y mujer de más o menos similares edades, probablemente vaya por el lado de la atracción, en caso de mismo género y edades similares probablemente la sienta una amiga o amigo, si hay grandes diferencias de edad, probablemente se desarrolle una sensación más del tipo paternalista.
- Exacto, es inevitable.
- Estoy al horno, si no encuentro una forma para probarte que lo que me pasa con vos excede a tu rol de analista nunca aceptarás una salida conmigo.
- Ni lo intentes.

- ¡Uh che! Dame una chance al menos. El problema es que tengo dos grandes amenazas.
- ¿Cuáles?
- La primera es tu ego y la segunda tu ética profesional o responsabilidad para con tu trabajo. Ambas son grandes asesinas.
- Me hacés reír. Igual no entiendo bien lo de mi ego.
- Claro, si yo logro evidenciarte características de tu personalidad, de quien sos vos, estaría, según tu visión, frontalizando que no lograste mantener a “Sol”, lejos de la sesiones. Algo se te terminó escapando. Y por otro lado, que no es menor, es ese tema que tienen las mujeres con las responsabilidades.
- ¿Cómo es eso?
- Las mujeres son como adictas a la responsabilidad. Aman tener un deber por delante de sus deseos. O capaz son los deberes los que alimentan sus deseos, aún no lo termino de entender.
- ¿Hombres por un lado y mujeres por otro? Ale, me extraña.
- Sol, dejame explicarte. Por ejemplo, en el trabajo, si yo tuviera una empresa, contrataría todas mujeres.
- No me extraña.
- ¡Pará! No me ironices que apunto a otra cosa. Los hombres son mas rebeldes, necesitan argumentos para todo, tienen que estar de acuerdo, si encuentran una posibilidad para sacar ventaja, la toman siempre, son menos éticos o menos responsables por así decirlo. En cambio, las mujeres, en su mayoría, llegan temprano, les cuesta faltar por enfermedad, defienden su trabajo con los dientes, dejar de cumplir una regla es mucho más trascendental que para el hombre. Obvio que hablo en general, pero si hacés memoria, te acordarás de cómo, en el colegio, la mayoría de las chicas son aplicadas y sacan buenas notas, y los varoncitos son un bardo. Bueno, este patrón se mantiene a lo largo de toda la vida. Y en este caso en particular, no es la excepción.
- Entiendo lo que decís pero no veo la aplicabilidad entre nosotros.
- Claro, por algún motivo, si yo fuera el psicólogo y me toca una paciente de mi edad, encontrándome sin compromisos, que me gusta tanto física como psíquicamente, jamás dejaría pasar la oportunidad de tener una historia, sólo por el hecho de que sea ¡MI PACIENTE! No way, me cago en la ética. La derivo y la invito a salir sin vueltas. Mirá, si voy a comparar el beneficio personal de conocer una persona maravillosa, con la satisfacción de atender a alguien por trabajo, más allá de lo que me gusta mi actividad…
- …
- Y cualquier psicólogo hombre lo haría. Sin embargo, las minas no. Las minas, siempre que haya una excusa para no tener algo con un tipo, mejor. Este no porque es compañero del trabajo, este no porque somos amigos, este no porque no lo conozco bien, este no porque es del gimnasio. Siempre se resisten, o mejor dicho, buscan excusas.
- No estoy de acuerdo. Creo que un buen profesional omite vincularse con su paciente, y eso va más allá del género.
- ¿Vos hacés terapia no?
- Sí.
- ¿Es hombre o mujer?
- … mujer.
- ¿Por qué no un hombre?
- Porque…
- ¡Viste Sol! Tu sonrisa tímida lo dijo todo. No querés exponerte, lo que comulgás, no te lo crees. Por las dudas, decidís protegerte detrás de una mujer. Ni en pedo vas a poner todas tus emociones, toda tu verdad, detrás de un flaco más o menos de tu edad. No querés que te cocinen vuelta y vuelta. Sin embargo, por algún motivo, yo detrás de una mujer psicóloga estoy absolutamente a salvo.
- Puede ser pero, al margen, y aunque tenga la posibilidad de conocer a mi paciente, como bien dijiste, influyen otras cosas. Me tendría que gustar, no tendría que tener compromisos, etcétera. Y sin ánimo de ofenderte, omito responder a lo primero, pero sí te aclaro que tengo un compromiso.
- Lo se.
- ¿Eh?
- Se que estás en pareja. Se te nota, como también se nota que no estás enamorada o que, al menos, estás en crisis. No la pareja, sino vos. También me da la sensación que es una pareja longeva y que, sea lo que sea que te está pasando, es bastante nuevo, de ahora. Que durante muchos años minimizaste la posibilidad de tener dudas. Pero en fin, nadie me dio lugar, así que mejor me callo.
- Me abstengo…
- ¿Entonces? ¿Cuándo salimos?
- Ale… son muy interesantes tus apreciaciones, pero para serte sincera, aún no me quebrás. No niego que me suma el intercambio con vos, pero no me dejo llevar tan fácilmente.
- Persevera y triunfarás dice el refrán…
- Hacé lo que quieras, la puerta sigue abierta una hora, una vez por semana.
- ¿Sabés qué me pregunto?
- ¿Qué?
- Qué pasaría si nos cruzáramos solos en otro contexto… ¿bajarías la guardia un segundo?
- ¡Ojo con lo que hacés! Hasta la semana que viene.

lunes, 22 de marzo de 2010

Capítulo VI: Te quiero más que a mi mismo

- ¿A qué viene lo que me estás diciendo?
- Por lo general, los hombres suelen desarrollar una conducta del tipo obsesiva. En cambio, las mujeres, del tipo histérica. Pero no siempre se da así, y en vos se observan algunas evidencias de una personalidad histérica.
- ¿Histérico yo?
- Sí Ale. Pero no en el sentido vulgar de la palabra.
- ¿Cómo es eso?
- No quiero aburrirte con algo muy teórico, pero el concepto de histeria apunta a aquel que se ubica en una posición de excepcionalidad para el otro y como tal, busca ser único y deseado. Para eso, el mecanismo que usa es el de crearle al otro una necesidad, señalando su falta, falta que, claro está, viene a cubrir el sujeto histérico. ¿Me explico?
- Dame un ejemplo.
- El típico ejemplo sería: ella reclama que él nunca le trae flores, él le lleva flores, ella se enoja porque le trajo flores sólo porque se las pidió, él deja de llevarle flores, y así continúa la rueda…

- Ahora, únicamente me estás describiendo. ¿Qué se supone que debo hacer con esa interpretación?
- Advertir tu necesidad de mostrarle la carencia al otro, agujerearlo si me permitís el término, para velar tu propia falta y ubicarte en el lugar de ser completo, ideal y necesario.
- ¿Y el obsesivo como sería?
- El obsesivo, a diferencia de la histérica, está allí atento y expectante, dispuesto a responder a la demanda del otro, a tapar todo aquello que tenga que ver con las "faltas", obtura y enaltece, no soporta los agujeros y por eso está ahí para obturarlo todo. Para el obsesivo el deseo se vuelve algo imposible y su amada, un ideal inalcanzable.
- Después de esto que me decís, yo me identifico claramente con el obsesivo. Entonces me pregunto, ¿Qué hay en mí que evidencia características histéricas? Si me tengo que jugar por algún rasgo, diría que mi omnipotencia.
- Puede ser que haya algo de ambos en vos. No sos un obsesivo o un histérico. Tenés algo de uno y de otro. Esto es común. Las neurosis se presentan mixtas en los casos no severos. Tu costado histérico que te señalé anteriormente, que vos lo llamás "omnipotencia", es tu necesidad de ubicar el rol de excepción para el otro, de sentirte "especial". Y cuando hablo de otro, no me refiero sólo a una mujer en el momento de la conquista. Esto es puede dar con tu familia, con tus amigos, con tus compañeros de trabajo… el deseo de ser "endiosado" por el otro.
- Entonces, si estoy entendiendo bien, esta posición de histeria constante puede de alguna manera, mantenerme siempre alejado de las personas.
- Ale, no sé si recordarás la frase: "siento que no encuentro a la mujer para mí... salgo un tiempo y me aburren, se ponen demandantes, les saco la ficha, me canso y me voy. Nadie está a la altura de lo que busco, las minas son predecibles y me canso enseguida, busco todo el tiempo, pero no encuentro a la mujer para mí, etcétera, etcétera"…
- No me cargues…
- Sabés que no lo hago. La clave del histérico es su deseo. ¿Viste que te dije que el obsesivo tiene un deseo imposible? En el histérico, el deseo es insatisfecho, nunca alcanza.
- Me acorralaste Sol... Es cierta mi insatisfacción, pero a la vez, también es evidente mi obsesión. Igual, creo que el error no está en mí, sino en el o los otros. Mi naturaleza es del tipo obsesiva. Yo creo deseos imposibles, y al conocer una mujer, siempre están en ese lugar ideal y preciado. Me acerco con mi mejor despliegue buscando acaparar su atención. A veces lo logro y otras veces no, lógicamente. Sin embargo, en los casos en que alcanzo a ser observado y aparece la posibilidad de una relación, son ellas las que pierden todas sus características iniciales. La realidad las vuelve posibles. Convertirme en un ser especial para ellas, es consecuencia, no causa. No es algo provocado por mí, ya que lejos estoy de crearles una necesidad. Esa necesidad está, indistintamente de mi existencia. O sea, hay una carencia que lamentablemente paso a ocupar. Al principio yo no era nadie interesante o necesario en sus vidas y de un momento al otro pareciera que sí lo soy. Eso, automáticamente, corta mi necesidad obsesiva y me aburre. Y estoy seguro que esto tiene que ver mucho más con el hecho de que la mayoría de las personas son carenciadas. Tener una familia que te haya querido por quien sos, que se hayan querido y respetado entre ellos, tener buenos amigos, que no te juzgan y te apoyan en todo, tener un trabajo que te desafía y estimula, vislumbrar un futuro en el que te encontrás sonriente, encontrar alguien que amás y que te ama, son todas cosas que, lamentablemente, le pasan a una minoría de personas.

- Puede ser…
- Entonces, soy histérico. Pero no naturalmente sino por supervivencia.
- Explicame.
- Claro, solamente me pongo en un rol de histérico, cuando observo que la persona que deseo, se vuelve inalcanzable. Es una forma de pedirle que me desee ella también a mí, porque si no viviría frustrado. ¡Ojo! Mi cuerpo muere por ella sin embargo mi mente me protege alejándome cuando no me siento querido, aunque no lo necesite para amarla. Es una cuestión netamente racional.
- …
- En cambio vos… vos sí sos histérica por naturaleza. Y tu razón no ha aprendido a ser un poco obsesiva. O sea, a desear vos también, en lugar de ser presa todo el tiempo de aquel que te desea.
- ¿Perdón?
- Es probable que no me lo aceptes, pero estoy seguro de que la mayoría de tus parejas fueron personas de las que nunca estuviste del todo segura de estar enamorada, y sin embargo, ellos te adoraban. Te han puesto siempre en ese pedestal. Te quieren incondicionalmente. Y vos no podés escapar de ese lugar. No sabés aplicar algo de cerebro para no sólo elegir a quien te elige posesivamente, sino también elegirlo por otros motivos. Para una histérica, la intensidad del sentimiento de su obsesionado es directamente proporcional a su debilidad. Pero me gustás ¡eh! Tenés algo que otras no.
- ¿Qué tengo?
- Todo lo que tenés de histérica, también lo tenés de justa. Lo bueno con vos es que no me vas a adorar incondicionalmente. Sólo lo vas a hacer mientras te de. Es tu exigencia por recibir y estar dispuesta a dejarme sino recibís, lo que me mantendría en el tiempo con vos. No te regalás. Simplemente, perderías interés. A su vez, mi leve histeria es la que te obligaría a vos, a salir de ese plano cómodo y empezar a enamorarte de verdad. Sería una hermosa relación 60-40.
- …
- De tu silencio, solo puedo decir: Ale 3 – Sol 2. Hasta la próxima.

domingo, 7 de marzo de 2010

Capítulo V: Mi primera sesión

- Ale, cortala con las interpretaciones. ¿Por qué no me contas cómo te sentiste esta semana?
- Ok. Me dejó una chica que me gustaba mucho.
- Ves, jamás imaginé que podía venir por ese lado. ¿Sabés por qué? Porque ni siquiera mencionaste que había alguien en tu vida. ¿No te parece un poco raro? ¿De qué te reís?
- Me causó gracia, puede ser.
- ¿Por qué te dejó?
- ¿Querés la versión con o sin subtítulo?

- Siempre tenés que estar presente en todo, hasta en aquellos contextos en los que capaz fuiste un mero observador. No digo que éste sea el caso, pero es un acto que nos acompaña en todas las sesiones.
- Sorry, te lo tenía que mencionar. Vamos con la versión sin subtítulo: está enamorada de otra persona.
- Demasiado concreto como para tener una segunda explicación. Ahora que recuerdo, hay algo que mencionaste en tu blog que me parece que atenta contra vos mismo. Lo escribiste en un ensayo que creo que se llama algo de El crepúsculo del sentido común. Ahí afirmás muy seguro que, cuando estamos condicionados por efectos emotivos muy intensos, tendemos a manipular las palabras que recibimos para que se ajusten a nuestro propio deseo.
- Jaque. A ver si puedo salvar al Rey…. Sentí dolor, todavía lo siento.
- Bien, es la primera vez que me hablás de una mujer, siempre estás protegiendo tu imagen “vacante”. ¿El hecho de que te animes ahora a hablarme de alguien es una forma de terminar de sacar tus ojos de mí para concentrarlos plenamente en vos?
- Supongo que tiene que ver con que siempre que una persona oculta sus relaciones o emociones está buscando guardar una carta para ser elegido. Es fácil hacerse admirar mientras se permanece inaccesible.
- ¿Y qué más?
- El hecho de que seas mujer, atractiva e interesante, le da -o le daba- vacaciones a mi tristeza. Disfrutar de un diálogo con una mujer que te gusta es un recreo a la frustración.
- Pero Ale, ¿para eso no es mejor ir a un bar?
- No, Sol. No me podés negar que mucha gente usa la terapia sólo para ser escuchado, para cubrir roles de amigos, padres o parejas que no tiene. Vienen sólo a sentirse comprendidos. Y no siempre porque sus relaciones sean malas, sino porque no dan la chance de mostrarse tal cual son, y prefieren un tercero, ajeno, para blanquear sus vidas.
- Pero ese no es tu caso, ¿no?
- No, pero yo tampoco vine a terapia a tratarme: vine a levantarte. Y sos vos la que despertó mi interés por ser analizado. Me cuesta resignarte como mina, pero me entusiasma tu manera de llevarme. ¿Qué debería hacer?
- Creo que eso ya lo decidiste hoy. ¿No te parece? Me cuesta creer que mantengas esta postura en el tiempo, pero me desafía como analista que no quieras perder tu rol de paciente conmigo.
- Qué disfrutes mi tristeza, entonces…
- ¿Disfrutar? ¿Qué puedo disfrutar yo con tu tristeza? No estoy aquí para gozar de lo que te suceda sino para ayudarte a transitar aquello que te cueste, que en este caso tiene que ver con cómo te relacionás con las mujeres, con que puedas manifestarte desde tu vulnerabilidad, desde tus flaquezas, desde tu deseo, Ale, mi función es dejarte fluir, hacer que te escuches. Así que, contame, ¿cuánto hace que estás así?
- Algunas semanas.
- ¿Y cuánto hace que la conocés o que empezó tu historia?
- A la semana de nuestra primera sesión, por diciembre.
- …
- Y el hecho de que apareciera alguien que llamara mi atención permitió que le sacara foco al enamoramiento frustrado que estaba a punto de generar con vos. Es verdad que tengo un patrón a engancharme con mujeres imposibles, pero esta fue y es posible. Me enamoré compartiendo, en lugar de imaginando compartir.
- ¿Qué pasó, entonces? ¿Por qué no funcionó?
- Voy a necesitar más tiempo, así que mejor te lo cuento en la próxima sesión.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Capítulo IV: ¡Mentime que me gusta!

- Quiero vivir enamorado.
- ¿Por qué?
- Porque es el mejor fármaco contra todos los problemas en la vida.

- ¿Hay algo que te lo impida?
- El modelo de las relaciones actuales, supongo. ¿No te parece?
- ¿Cómo son?
- Predecibles.
- ¿Y por qué crees que son así?
- Supongo que porque hay una predisposición humana a buscar seguridad en nuestro porvenir. Un futuro incierto, donde siempre existe una posibilidad de sufrimiento, nos impide disfrutar del presente. ¿Qué hacemos entonces? Buscamos garantías, o evidencias de algún tipo, que nos aseguren que mañana todo estará bien.
- Muy claro, pero, ¿cuál es la relación con la capacidad de enamorarse?
- Justamente, para sentir enamoramiento, el futuro debe ser impredecible. La seguridad en el amor, atenta contra su propiedad. Sentir que podemos perder a nuestro ser amado, es lo que nos refresca cuán enamorados estamos.
- Pero si lo que decís es cierto, de alguna manera las personas al casarse estarían perdiendo su capacidad de amar.
- De alguna manera, creo que sí. Ojo, no digo que no haya sentimientos, pero no del tipo del que estoy hablando yo. Ese que la mayoría siente en los inicios de una relación, cuando todo lo demás pasa a un segundo plano, cuando te cuidás para que el otro se sienta siempre bien, cuando el sueño y el hambre son lo de menos, cuando un llamado puede ser la diferencia entre la alegría y la tristeza, cuando reacomodás tus planes improvisadamente para no perderte la oportunidad de verse, cuando tus amigos no paran de joderte porque estás hecho un idiota, cuando la actividad más simple es disfrutable sólo por la compañía…
- ¿No te parece muy jugado de tu parte asumir que el indefinido número de parejas que se están casando todo el tiempo, han dejado de sentir todo lo que acabás de enumerar?
- El casamiento es una forma de dar seguridad, pero no la única. Yo me remito a la mayoría de las relaciones de hoy en día, una vez que ha transcurrido cierto tiempo juntos. Creo que todos están parados sobre una plataforma donde se presume que la relación no va a terminar. De esa manera provocan paz en un principio para luego darle lugar al abandono.
- ¿No crees que vivir en ese estado de revolución permanente atentaría contra el resto de las actividades que uno hace todos los días?
- Es que de alguna manera siempre buscamos esa emoción, sólo que cuando ya no la encontramos en nuestra pareja, la resignamos y la empezamos a buscar en otras cosas. Por ejemplo, los hombres… Creo que la primera infidelidad que sufre una mujer es con el trabajo. La segunda, tal vez, los amigos. O sea, al final, siempre tenemos problemas que nos preocupan, ganar más guita, comprarnos algo que deseamos y no alcanzamos, mudarnos, dejar todo e irnos a vivir afuera un tiempo, retomar una actividad abandonada que nos encantaba, que nos salgan arrugas o celulitis, etc. Y la verdad… si tengo que elegir entre alguno de todos esos males, elijo el amor.
- ¿Y lo demás no importa?
- No mucho. Pero de exigirle emoción a la vida en algo, prefiero que sea en el amor, frente a otras variables menos… naturales. Es mucho más fácil, y a la vez intenso y satisfactorio, estar enamorado que llegar a ser gerente o empresario.
- Muy romántico tu discurso, me dejás pensando... ¿Y en qué falla entonces?
- En que no encuentro compañera que comparta esta filosofía de relación. Como te decía al principio, cuando las personas se enamoran, necesitan eternizar el vínculo. Pensar que mi ser amado podría dejarme mañana, me pone mal, entonces necesito que me diga lo contrario. ¿Qué me pasa?, ¿cómo lo soluciono? Yo, al revés, quiero tener cierta sensación que si mañana no pongo toda mi energía en vos, puede que pierdas interés. Total, ¿cuál es el riesgo en definitiva? Si te enamoré una vez, mientras me lo proponga, te seguiré enamorando. No hay inseguridad, ya que depende en gran parte de mí.
- Siempre tu omnipotencia parece ser la guía de tu pensamiento… ¿qué te hace creer que tu sóla predisposición y energía llevará, inevitablemente, a la conquista de la mujer deseada? ¿Acaso no puede pasar que lo que te sedujo hasta ayer deje de ser deseado mañana, por más esfuerzos que pueda hacer el otro? ¿Acaso no puede pasar que la piel que ayer te pareció maravillosa hoy te resulte indiferente? No todo se resuelve con proponerse enamorar al otro, lamento decirte.
- Pareciera que te ofendí…
- ¿Cómo me vas a ofender? Te manejás de un modo particular, a ver, cómo te lo explico: por un lado, hay algo que es casi universal, te diría en las personas, que es esto de que al enamorarse, la pareja pacta un contrato insostenible: la eternidad del amor. Es lo que yo llamo “una apuesta” y como todas las apuestas, uno juega a ciegas. Esto es algo que todos y cada uno en el fondo lo saben muy bien, pero lo esconden en algún rincón para no recordarlo todos los días porque genera angustia. Lo que cuida esta ilusión es justamente eso, es un velo contra la angustia que implicaría estar constantemente atento a la posibilidad de perder al otro… y eso Ale, nos llevaría a hablar de otra cosa, que creo tiene mucho que ver con la razón de tu presencia en análisis. Pero a ello llegaremos más adelante, no quiero anticiparme…
- ¡Decime!
- No. Ahora, volviendo al tema que vos trajiste hoy a discusión y retomando mi planteo de tu “manejo particular”, así como destaqué tu lucidez en advertir que el amor es una ilusión con pactos difíciles de sostener, me es necesario advertirte que vos estás también preso de una ilusión mayor, y es creer que se puede vivir con las mariposas en el estómago ¡ineternum! Esto, lejos está de las características propias del amor, es más bien propio del enamoramiento inicial, del ideal de los primeros tiempos. Por ende, también es una ilusión. Sería imposible sostenerlo, al menos, con una única compañera, y eso te introduciría en el conflicto mayor del amor: si no hay un halo ilusorio de futuro, no hay proyectos en común, por ende no hay pareja. Entonces, ese velo que genera el amor, cumple una función. Después, cada pareja advertirá cuánto debe cuidar ese sentimiento, cuánto nutrirlo y cuánto hacerlo vivir sin “abandonarlo”, para traer un significante tuyo. Es posible también hacer del amor una conquista de todos los días, lo que hay que ver es cuán dispuestas están las parejas en duplicar la apuesta.
- Para que haya conquista todos los días, tiene que haber alguien no conquistado cada mañana. ¿No te parece? ¡Está bueno esto! Me estás defendiendo lo que realmente pensás del tema, y no necesariamente lo que me pueda hacer bien a mí. ¡Me gusta! Es una forma de conocerte mejor. Si no sólo me hacés preguntas y te quedás en ese rol neutral dónde nada te conmueve.
- No, no Ale, no te confundas.
- ¿Parezco confundido?
- Que chico soberbio que sos.
- Que mujer interesante que sos. Lástima la diferencia de edad. ¿No?
- Quá raro… La edad para alguien como vos no debería ser un problema. Me extraña…
- La edad no es un problema para mí, pero sí para vos.
- Me parece bárbaro que lo tengas claro.
- Te seguís defendiendo… vamos bien. Rajo antes de que pongas esa cara que no me gusta nada. Byeee.
- Chau Ale…

martes, 16 de febrero de 2010

Capítulo III: Atacado y derrotado

- Buenas tardes. ¿Cómo estás?
- Disconforme. Algo no está bien y no es nada en particular, soy yo.
- ¿En qué sentido?
- Mis constantes deseos de emoción me hacen sentir como en abstinencia cuando no los encuentro. Es un problema de toda la vida, no tiene sentido meternos ahí.

- ¿Te parece que no vale la pena indagar en algo que llamás “problema de toda la vida”?
- Tenés razón, pero en tal caso no creo que sea hoy el día para indagarlo.
- ¿Por qué? Si es una frustración de siempre, el día no debería afectar la interpretación.
- Tal vez...
- ¿Tal vez? ¡Vamos Ale! O confiás en mi criterio o perdemos el tiempo.
- No desconfío de vos, desconfío de mí. Estoy en proceso. Todo lo que te cuente hoy, tendrá cero validez mañana. La virtud en reconocerme así, radica en ignorar mis emociones diarias, ya que van y vuelven de extremo a extremo con cada hora que pasa.
- Entonces me pregunto, ¿qué clase de aporte tiene para vos hablar de algo que ya ocurrió, y que en definitiva ya tenés interpretado? No olvidemos que Ale todo lo sabe. No hay lugar para opiniones ajenas. ¿De qué te reís?
- Del comentario… tenés razón, lo merezco. Sólo te pido algo de confianza.
- Ya hablamos de ese tema Ale.
- Simplemente creo que necesitás conocerme más. Contarte cómo me siento hoy, no será tan enriquecedor como contarte por qué volví a terapia con vos.
- Ale, sos un ser inteligente como para que deba aclararte esto, pero en análisis hay algo más que importante y es que si bien el paciente decide de qué va a hablar y cómo introduce los contenidos, es el analista el que dirige la cura. ¿Querés recibir mi ayuda sí o no?
- Sí.
- Se que te interesa la psicología de todo, entonces se me ocurre una idea. Te voy a plantear un intermedio, te voy a explicar por qué hago lo que hago sin dejar de hacerlo.
- A ver…
- Vos pretendés manejarme, que salga de mi posición, y en este plano, en situación real, el paciente puede mandarse mil actings o sea, actúa lo que vía discurso no es escuchado, pidiéndole a su terapeuta a los gritos mudos “¡no ves que no me escuchás ni atendés a mis síntomas!”. Si buscás ponerme atenta a mi sentir, a mi curiosidad por vos, que seguro la tengo, a saciar mi deseo de mujer histérica que disfruta de la mirada del otro, no puedo atender a ver por qué estás aquí, qué viniste a buscar, cuáles son tus resistencias, cuál es tu verdadera demanda de análisis. Y te agrego… Algo que es ley en análisis es que en ese encuentro de dos, entre analista y paciente, hay un solo sujeto, un solo inconsciente y un solo yo: el del analizado. El trabajo del analista es justamente no interferir en ello porque en cuanto yo entro en escena, el que salís sos vos.
- …
- Entonces decidite… o me invitás a tomar un café y no tocás más mi consultorio, que creo que ya tenás clara esa respuesta o dejás de intentar levantarme y te aceptás una hora por semana como paciente. Para vos, más que para otros, sólo puede ser una decisión a consciencia.
- Dos a uno Sol.
- Te veo la semana que viene Ale.

martes, 9 de febrero de 2010

Capítulo II: Solo cuando dejes de buscar...

- Volviste. Pensé que ya no volvías. Dos meses… ¿Que habrá pasado para que desaparezcas y que estará pasando para que hayas reaparecido?


- Me fui porque me gustabas, y vuelvo porque dejaste de gustar.
- ¿Perdón?
- Esa es la verdad, el motivo que no te dije en su momento e hizo que perdiéramos el tiempo. Mejor dicho, que te hicieron perder el tiempo a vos. No tanto a mí.
- ¿Cómo que te gustaba? Si no nos conocíamos…
- Error. El año pasado, para Abril más o menos, fuimos a la misma fiesta. Era un cumpleaños de dos amigos que festejaron juntos sus 40 años. No sé si te acordás, en un salón, mucha gente…
- ¿Me estás cargando?
- Apareciste vos y quedé idiota. Estabas con alguien. La diferencia de edad no era el único problema. Le pregunté a mi prima, la mujer de uno de los cumpleañeros… “¿Quién es esa mujer?”. “Sol” -dijo, “no recuerdo el apellido, pero después te lo averiguo”.
- ¿Y cómo llegaste a mi número de teléfono?
- Teníamos gente en común, indagué, pregunté, me enteré que eras psicóloga, y dije… “¡Acá me voy a divertir!”.
- Como un pendejo insolente…
- Hay que acercarse a lo que uno desea, las cosas no ocurren solas.
- Ale, ¿de qué hablás?
- Hace mucho tiempo que dejé atrás las atracciones protocolares.
- …Me hacés reír… ¿y eso?
- Creo que se entiende: mi vida es hoy y ahora. Mi futuro se va a construir por un conjunto de elecciones en el presente, no por un objetivo definido al inicio.
- No filosofes tanto que lo único que sabías de mí, era lo que podías ver, mi aspecto.
- Otro error. También sabía que la persona con la que estabas en esa fiesta, tenía fecha de vencimiento.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué te hizo pensar eso?
- Pará. ¿Me estás cobrando esta sesión?
- Definitivamente, a menos que quieras terminarla ahora.
- ¡Qué dureza! Nunca bajás la guardia, vos. No es algo que vi, sino algo que no vi.
- ¿Por ejemplo?
- ¡Amor!
- Y si te digo que en ese momento estábamos en nuestro mejor momento. Que mis más allegados me dijeron que me veían muy bien con esta persona.
- Les diría que no estaban mirando bien. Que se concentraron en los detalles más superficiales.
- Sos muy bueno generando suspenso, pero ahora llegó el momento de mostrarte.
- Estaban demasiado concentrados en el entorno. En mostrarse correctos. Cuando uno vive la relación hacia afuera, cuando el radar está siempre prendido, lo que falta es la tranquilidad que deviene de estar con el ser indicado. Una pareja enamorada, lo primero que expresa es una especia de ausencia. Están en su mundo, alejados. Era obvio que ustedes no eran un matrimonio de diez años, estaban pegotes, pero para el público, no para ustedes mismos. Fueron demasiado protocolares, los abrazos, las manos entrelazadas, los besos, el baile, todo ocurrió en el momento que debía ocurrir. Uno cuando ama es desprolijo y desde afuera, hasta puede resultar algo molesto.
- Sos genial. Me hacés reír mucho. No sé si será tan así, pero es cierto que esa relación se terminó.
- Teneme fe.
- Qué relajado se te ve hoy.
- No es relax. Como te dije antes, te superé. Antes era pensante, ahora soy espontáneo. Ya no me importa la impresión que te puedas llevar de mí.
- Y sin intentarlo, te volviste más interesante. Supongo que aprendiste algo.
- No, es mero azar. Hoy te pude haber interesado más, pero no porque esté más suelto o desestresado del levante, sino porque no tengo intencionalidad. Las mujeres aman observar sin ser acosadas. Necesitan tomarse su tiempo. Como hoy no vine a levantarte, a hacerme el interesante, te permitís observarme en paz. Sacarte mis ojos de encima te dio lugar a que puedas usar los tuyos. Descartando que, además, logre sacarte por un segundo del plano de análisis.
- Puede ser, pero igual yo no me banco la estrategia. Los hombres se ponen densos y en pose en lugar de, simplemente, disfrutar.
- No desestimes la estrategia que en muchos escenarios puede llegar a ser hasta romántico. Igualmente no pasa por ahí, si yo soy espontáneo siempre, pierdo el control de lo que se percibe de mí. Y si me interesás y pretendo algo con vos, no puedo dejar tu percepción al azar, la debo guiar. Guiar hacia mí.
- Otra vez el tema del control, aburren mucho a veces. Serías poco inteligente si seguís pensando así, después de lo que has logrado en esta sesión.
- Sol, sabemos que ese efecto es momentáneo. Si te permitís halagarme es porque claramente hay un límite detrás.
- Puede ser. Bueno, es la hora. Aunque me intriga mucho saber qué fue lo que pasó.
- Como pienso volver, acepto dejar acá y continuar la próxima.
- Muy bien… veo que estás aprendiendo.
- ¡No me gastes!
- Mirá, como gesto de buena voluntad, está sesión no me la pagues. Te veo la semana que viene.

martes, 15 de diciembre de 2009

Capítulo I: Acorralado

- No te sigo…
- Claro, me estás poniendo en un lugar incorrecto, con el que no me identifico. Me caracterizas como omnipotente, como que vendo el “nada me afecta” y no es así, para nada. Mi problema pasa por otro lado.
- ¿Por cuál? A ver, explicame.
- No lo sé bien todavía.
- ¿Por qué no empezas por contarme esas cosas que sí te afectan?
-
- Ale, ya te repetí varias veces que detrás de la soberbia hay siempre una carencia. Es ley. En todos los casos. No sé cuál es la tuya, pero que la hay, la hay.
- ¿Y cuál es tu carencia?
- ¿Perdón? Yo soy tu terapeuta. No es pertinente que hablemos de mis carencias. Pero quedate tranquilo que las tengo.


- ¿Qué tiene que ver? Esa forma tuya de expresarte, con tanta diplomacia, no oculta una actitud como de superación frente a los demás. ¿Acaso no lo ves?
- Ale, esa superación de la que hablás es justamente la que vos transmitís.
- No te entiendo, ¿por qué lo decís?
- Porque no hay dudas en tu discurso, no hay interrogantes. Hasta tus peores frustraciones están explicadas por vos. ¿Para qué me necesitas? Cuando empezamos, me dijiste que te sentías solo, que tu intención en esta terapia era reencausarte en un estilo de vida que fomente la unión en lugar del aislamiento. Sin embargo, todo lo que has hecho desde que empezamos es argumentar a favor de tus elecciones. Ahora me pregunto, ¿qué sentido tiene darle lugar a un tercero, en este caso a mí, para que te ayude a destruir una estructura mal formada si, cuando llega el momento, terminás evadiendo el problema? No veo que estemos avanzando… me parece deberíamos suspender las sesiones por unos meses y esperar a ver cómo te sentís, tal vez otro analista te puede ayudar más o tal vez no estás hecho para el análisis. Mi percepción es que aún no estás convencido de éste análisis en particular. Ni del análisis en general.
- ¿Me das un ejemplo?
- Sabés muy bien de qué hablo. Y como esto no se trata únicamente de un trabajo para mí, me veo en la obligación de decirte que no estoy pudiendo ayudarte, Tenés dos opciones, o me decís el motivo real por el cual pensás que estás acá, y me permitís decidir a mí si realmente quiero ser parte de esto o no, o tratás de volcar algo de esta realidad en ámbitos donde sólo vos estés en juego: escribir, producir, emular a tu gran héroe televisivo, etcétera. Si no esta hora semanal termina convirtiéndome en cómplice de tus síntomas, y esto no te beneficia en absoluto.
- Sinceramente, no sabría por dónde empezar. Es verdad que no sólo estoy acá por los motivos que te enumeré en las primeras sesiones, pero creo que tampoco estoy listo para hablar de eso. Supongo que la única opción que me queda es tratar de blanquear mis emociones un poco más.
- Sabes que pasa Ale, no es para que lo pienses, es para que decidas ahora.
- Está bien, te entendí. Explicame entonces, ¿cómo hago para demostrarte que estoy involucrado realmente con la terapia? Porque a decir verdad, no tengo idea. No termino de darme cuenta si me estoy ocultando o si estoy cerrando el juego. Supongo que puede ser cierto que descrea de una visión ajena sobre mi vida.
- ¿Y a qué viniste?
- Aún no me animo a meterme en ese tema. ¿Lo podemos dejar al costado por un tiempo? Prometo que si me guiás, voy a poner otra actitud.
- Ale, yo no estoy acá para darte una lección acerca de tu vida o como debés vivirla, esa es una ecuación personal. Mi trabajo no es lograr tu fe.
- Bueno… ¿Cómo puedo recomenzar?
- Una buena manera es reconocer aquellas cosas que te hacen sufrir, podemos empezar a pensar que todas esas reacciones grandilocuentes, esas certezas absolutas por las cuales te regís no son más que escudos para mantenerte protegido del terror. “¿Terror a qué?”, podrías preguntar y una aproximación sería que tenés mucho miedo a la incertidumbre porque la duda no es un lugar seguro, la duda desestructura. Pero a la vez deja en pie aquello con lo que contás. En las profundidades, todo se vuelve ley y esas leyes terminan siendo muy pocas. Vos cargás demasiadas, ¿no te parece que pueden no ser ciertas?
- No se.
- Ale, última oportunidad… aprovechala.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Adios...

"Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte."

Leonardo Da Vinci

domingo, 6 de diciembre de 2009

Parte de mi vida

Las relaciones afectivas entre un hombre y una mujer pueden darse de dos maneras distintas: dentro o fuera de nuestra vida.

Las relaciones dentro son aquellas donde las actividades de ambos se vinculan. Uno pasa a ser parte de la vida del otro.

En cambio las relaciones fuera son aquellas dónde las actividades que se comparten suceden al margen de nuestra vida a modo de una actividad agregada o nueva a nuestra rutina.

Dependiendo de cuál sea el origen de la relación, la forma de relacionamiento inicial será de una u otra manera. O sea, si la persona con que la hemos empezado a salir ya compartía con nosotros previamente alguna actividad, el vínculo ya se habrá constituido dentro de nuestra vida. Este es el caso de las parejas que se conocen en la facultad, en actividades colectivas ociosas (deporte, arte, baile, idiomas, etc.), en el trabajo o simplemente por ser parte del mismo grupo de amigos.

Por otro lado si el comienzo de la relación es un encuentro casual, un levante en un boliche, un ataque despiadado en la calle, la compu o cualquier otro contexto dónde ambas personas se encuentran estrictamente separadas, dará lugar, inicialmente, a una nueva actividad apartada de las demás.

Hasta ahora daría la impresión que indistintamente de la forma, ambas estarían ok. Sin embargo no es tan así. La diferencia principal radica en el tiempo de duración. Las relaciones fuera de nuestra vida duran poco, a menos que luego de transcurrido determinado tiempo, migremos hacia una relación dentro de nuestra rutina.

Las únicas relaciones que perduran son aquellas que tienen alta integración. De hecho, la integración de dos personas puede ser tan fuerte, que incluso sin amor, puede resultar casi imposible plantear una separación, ya que esto implicaría un corte de otras cosas también. Este es el caso de parejas que trabajan juntas, que tienen hijos chicos, que van al mismo club, etc.

¿Y por qué las relaciones que están fuera de nuestra vida son más breves? Principalmente porque las unidades de tiempo que solemos dedicar a nuestras actividades ya están preestablecidas por nuestra estructura social, y, más importante aún, porque estar en pareja no es una actividad en sí misma. Es solo un vínculo.

Tenemos el tiempo para trabajar, el tiempo para educarnos o informarnos, para alimentarnos, para trasladarnos, para el ocio (incluyendo la sexualidad), para la nada (descanso cerebral) y no hay mucho mas.

Conocer una nueva persona puede entrar dentro del tiempo de ocio, dónde todo el proceso de descubrimiento cómo disfrutar la sexualidad, acariciarnos mirando la luna en largos diálogos sin mucha coherencia, observarnos en silencio, etc. Todo esto sí puede ser una actividad en sí mismo. O sea, estar enamorados puede resultar una actividad, pero no estar en pareja.

Por eso, todos sabemos que el enamoramiento es finito (al menos con la misma persona), o sea que una vez que ya la (o lo) conocemos, sentarnos a mirarnos los ojos deja de ser “hacer algo” pasa a ser “hacer nada”.

Entonces, ¿qué ocurre? Lentamente volvemos a nuestras responsabilidades y/o actividades estimulantes. Y si a lo largo de esta transición nuestro ser amado no logra compartir alguna de las cosas que nos gustan hacer, es probable que se reduzca solamente a compartir el plano sexual o el de hacer nada (mirar tele), anunciando una ruptura inminente.

Esto es más fácil entenderlo si lo comparamos con la amistad. Podemos tener un grupo de amigos con los que compartimos las mismas actividades o varios grupos de acuerdo a cuan variados somos. Igualmente para ambos casos, los que perduran son únicamente aquellos que poseen actividades en común a nosotros: hacer algún deporte, un curso, ir a navegar, estudiar, lo mismo que enumeré antes.

Los que no logran compartir algo más con nosotros porque los conocimos en un viaje, o porque el curso o la facu terminaron, o porque dejamos de trabajar juntos, no duran más que un chat o alguna que otra cena ocasional (y solo porque en definitiva comer hay que comer).

Conclusión: Si estás empezando algo con alguien, presta atención a cuánto (a pesar de lo mucho que te gusta) tienen en común. Si es bastante, hay grandes chances de perdurar. Si es muy poco, te quedan tres alternativas:

La primera es que ambos hagan un intento de sacrificar algo de lo hacen con su tiempo libre para tratar de disfrutar una pizca de lo que le gusta hacer al otro. Puede funcionar, solo sé qué cuánto más viejos nos ponemos menos ganas de cambiar tenemos.

La segunda es que te pelees y te arregles constantemente. De esta forma prolongarás un poco más el enamoramiento.

Y la tercera es FULL POWER. Disfruta del hechizo mientras dure y mochila al hombro cuando llegue el momento.

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