viernes, 18 de septiembre de 2009

El tesoro de los antiguos

Lucilio: "¿Por qué suceden muchas cosas adversas a los hombres buenos?

Séneca: "Ningún mal puede acaecer al hombre bueno..."

Uno se pregunta como habrá hecho Séneca para defender semejante respuesta. En su ensayo "Sobre la providencia" nos da un detallado análisis de uno de los conceptos mas importantes de la sabiduría de los Estoicos: Nada malo le pasa al hombre bueno, los hombres buenos son siempre felices.

La idea era mas o menos ésta: el hombre bueno, o el sabio, era aquella persona que se había elevado por encima de los vaivenes del destino. Consideraban que era una torpeza tener por bienes aquellas cosas que la fortuna podía quitarles, es decir, aquellas cosas que no dependían 100% de sí mismos. Podemos poner nuestra confianza en el dinero, pero así como hoy lo tenemos mañana puede desaparecer, pregúntenle a los accionistas de Lehman Brothers si no me creen. Si el dinero nos es seguro para poner nuestra felicidad en él podemos probar con el reconocimiento de la gente. Si somos reconocidos por algo, sabemos que podemos pasar al olvido de un día para el otro, además ¿a quien le interesaría tanto el reconocimiento de la gente si, después de todo, el pueblo es el peor de los jueces como dice el dicho? Probemos con otra cosa, los placeres físicos... tampoco, ¿quien pude asegurar que seguirá teniendo buena salud mañana?

"¡¿Quién confía en la firmeza y estabilidad de lo que por sí es frágil y caduco?!" se preguntó Cicerón. Tenemos que buscar algo que no esté en ninguna medida sujeto al azar, algo que dependa 100% de nosotros, algo que sin importar lo extremo de las circunstancias no nos pueda ser quitado, algo imperecedero. Salta a la vista que ninguna cosa material puede cumplir estos requisitos, debemos, entonces, buscar en otro lado.

La clave de todo el asunto tal vez esté en estas palabras de Platón: "Sólo aquél varón que encuentre en sí mismo todos los elementos necesarios para la felicidad, y que no esté pendiente de la dicha, ni de la desventura, ni ande errante ni a merced de otro, podrá llamarse perfectamente dichoso. Éste será el varón moderado y fuerte y sabio, y hasta cuando mueran todas las grandezas del mundo, se mantendrá obediente a aquellos preceptos íntegros, y no se alegrará ni entristecerá nunca demasiado, porque siempre tendrá en sí mismo la esperanza de reparar su fortuna". Ésta es la llave, encontrar dentro nuestro ese tesoro que está por siempre seguro y firme. Pero ¿cual es ese tesoro?

Cuando Demetrio tomó Megára, en el 307 a.c., se ensañó particularmente con Estibón, uno de los siete sabios de Grecia. Saqueó su patrimonio y raptó a sus hijas. Habiendo hecho esto, se acercó al filosofo y, desde lo alto de su carro y rodeado de su ejercito, le preguntó burlonamete si no había perdido algo: "Nada -respondió- todos mis bienes tengo conmigo" (Omnia mea mecum porto).

Séneca comentando este suceso dice: "Pero él -Estibón- le quitó la victoria y en una ciudad conquistada se mostró no sólo invicto sino indemne. Porque tenía consigo los bienes verdaderos, a los que nadie puede echar mano, y los que se llevaban disipados y robados, no los juzgaba suyos, si no adventicios y sujetos al capricho de la fortuna. Por eso no los amaba como propios; porque la posesión de los bienes que afluyen de afuera es siempre frágil e incierta".

Esos bienes verdaderos de los que habla Séneca, ese tesoro inviolable e inagotable, no es otra cosa que la Virtud. Los sabios que fueron dignos de semejante titulo le han dado este nombre en todas las épocas. La virtud no nos puede ser quitada, solo nosotros podemos dejarla ir, nadie nos puede regalar la virtud ni la podemos heredar, nosotros individualmente tenemos que alcanzarla y nadie nos puede ayudar en esta tarea. La virtud está al alcance de ricos y pobres y nadie que realmente la busque puede ser privado de ella. La virtud, que no es solo acciones e intensiones, sino también conocimiento: la razón pura como dice Aristóteles; nos librará de toda angustia, nos mantendrá invictos como Estibón ante las catástrofes; la virtud, que también es la verdad, nos hará libres.

Todo esto arroja un poco de luz sobre la aparente ingenua respuesta de Séneca. Nada malo le puede pasar al hombre bueno, porque éste, a lo que comúnmente se concidera un mal, lo juzga como un simple capricho del destino. Y así como no valora ningún bien que no nazca de él mismo, tampoco se deja abatir por un mal del cual no sea causante.

Al repasar estos conceptos suenan, como mínimo, anacrónicos. Parece ingenuo e idealista para los tiempos que corren aquel que en todas las cosas busca lo honesto y rechaza, hasta en lo mas insignificante, lo injusto. Aquel que no se aparta de la rectitud ni en su intimidad donde nadie lo ve, quien no saca ventaja injusta donde pudiera hacerlo sin perjudicar a otro, aquel que no solo aparenta si no que es verdaderamente justo.

Por mas que nos parezca ridículo, no podemos ignorar el hecho que todos aquellos grandes hombres que dedicaron su vida al estudio de la sabiduría concluyeron que estos principios mencionados son los que al hombre le conviene seguir. ¿Es posible que se hayan equivocado todos, y que nosotros, simples aficionados, hayamos encontrado la verdad que ellos tanto buscaron? No podemos, al menos si queremos ser serios, esquivar esta pregunta.

Estas personas, al igual que muchos en la actualidad, se elevaron por encima de las cosas físicas en su búsqueda de un tesoro de valor indecible y, desde ese plano elevado, miraron las cosas físicas como pequeñas e inferiores a su naturaleza y por está razón perdieron para ellos toda relevancia.

Terminemos donde empezamos, escuchado a Séneca responderle a Lucilio: "Te daré el ejemplo del ilustre romano Marco Catón, éste no llegó a las manos con las fieras, perseguir a las cuales es de cazadores y hombres agrestes, ni luchó con los monstruos a hierro y fuego. Catón peleó con las ambiciones, mal multiforme, y con el deseo desmedido de poder; él solo se mantuvo firme contra los vicios de una ciudad que degeneraba y se hundía por su propio peso y detuvo a la República (Romana) en su caída, tanto cuanto podía hacerlo la mano de un hombre. Ni Catón vivió después que la libertad murió, ni hubo libertad después de Catón. ¿Cómo piensas que a tal hombre pudiera injuriarle el pueblo, porque le quitó la pretura o la toga o porque escupió sobre su sagrada cabeza? Seguro está el sabio y no pueden afectarle ni la injuria ni el ultraje".

3 comentarios:

Marina dijo...

algunas cosas me gustaron. en otras me pasa que no termino de entender hacia donde va. pero tal vez no sea importante. besos!

Ale dijo...

No puedo conformarte ex MQDLV...

Pero ya volveré a generarte conflicto con los ensayos correctos.

Marina dijo...

por favor, liebegeist

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